Construcción del Templo
El 19 de marzo de 1899 se colocó la piedra fundamental de la iglesia y elcolegio anexo.
Maestro Romanello
(1876-1956)Recordado amorosamente por todos sus alumnos, fue un ejemplo de verdadera vocacióny responsabilidad cristiana.
Logo de los 100 años
Logo creado para conmemorar los 100 años de presencia capuchina.
Colegio y Parroquia 1930
Foto de 1930 del colegio y la parroquia.

MARCO HISTóRICO

El diario El Siglo en su edición del 5 de marzo de 1869 anunciaba el comienzo de la venta de solares en el pueblo Nuevo París, próximo al Paso del Molino, algo más allá de la cuchilla de Juan Fernández.

La Sociedad Fomento Montevideano, fundada el año anterior, alimentaba fundadas esperanzas de buenos negocios en las ventas que propiciaba bajo la inspiración de los señores Florencio Escardó y Marcelino Santurio. Entraba en los planes de la Ciudad Novísima la extensión de Montevideo hacia el nordeste de Cosmópolis, como se había bautizado la villa del Cerro. Ese mismo 1869, La Tribuna registraba las tres primeras líneas de tram-ways de caballos, una de las cuales correspondió al cercano Paso del Molino, con el nombre de Tran-vía del Norte.

La presente historia se inicia casi treinta años después de que los primeros fraccionamientos habilitaran una radicación barrial más o menos ordenada, en el lejano pueblo Nuevo París.

Estamos en 1896. Un fin de siglo inquieto y progresista. En julio tenía lugar la gran novedad del día o el último invento del siglo XIX, como se leía en un pequeño aviso del diario El Siglo. Se trataba, nada menos, que del cinematógrafo de Lumiere, y que la actualizada capital conocería apenas seis meses después de que su inventor hiciera pública exhibición en los sótanos del Gran Café, bulevar de los Capuchinos, nro. 14 de París.

El progreso llegaba a este oscuro rincón del mundo, al Montevideo Nueva Troya, según la denominación épica del francés Alejandro Dumas. Arribaba en los mismos barcos que transportaban inmigrantes prontos a establecerse en el país, para trabajar y hacerse la América.

En otro orden, el Uruguay arrastraba la crisis del ?90 luego de la euforia especulativa que se había adueñado de la plaza y en momentos en que, quien fuera aquel mocito alegre, guitarrero y bailarín (Mena Segarra), llamado Aparicio Saravia, templaba el ánimo en los campos de Cerro Largo, para jaquear en 1897 el modelo político del gobierno de Idiarte Borda.

En lo cultural, el impulso valeriano a la educación primaria se transporta a la enseñanza superior que rápidamente evoluciona con la creación de nuevas cátedras y de la Escuela de Artes y Oficios. Florece la literatura que se debate entre agónicas influencias del romanticismo francés, el empuje esteticista del modernismo latinoamericano y el deslumbramiento de una engañosa belle epoque.

En el orden eclesiástico y su órbita de influencia, recién en 1878 la Santa Sede había nombrado al primer obispo uruguayo en la persona de Mons. Jacinto Vera. La autonomía de la Iglesia uruguaya llegaba con bastante retardo, a diferencia de otras circunscripciones del continente americano. Quizás en Roma corría aún el certificado colonial extendido para una Banda Oriental calificada como tierra sin ningún provechoo, con mayor probabilidad, prevalecía la intención de estrechar vigilancia sobre la tibia religiosidad popular, frente al empuje liberal de la intelligentsia montevideana.

En 1891 se funda el Club Liberal Francisco Bilbao de cuño masónico y anticlerical, con fuerte incidencia en los ámbitos universitario y político. Mariano Soler, primer arzobispo de Montevideo, formalizará a partir de 1897, el reagrupamiento de las vanguardias católicas para contrarrestar la batalla ideológica desatada por el liberalismo ilustrado. La polémica entre positivistas y espiritualistas que comenzara en los ámbitos universitarios, extendía sus resonancias a la prensa y sacudía fuertemente la vida religiosa.

Con Mariano Soler adquiere status la causa católica, una suerte de militancia católica pluriforme, que más tarde se llamaría también, vanguardia del laicado católico. La Causa, nucleada en la Unión Católica, había estrechado filas en todos los frentes como respuesta sociopolítica a la numerosa manifestación liberal (16.000 personas) que tiempo atrás protestara el proyecto de creación del Arzobispado de Montevideo. La U.C. promoverá en 1911, a través de sus más calificados voceros, la creación de otra U.C.: el partido católico Unión Cívica.

LA NUEVA CIUDAD-LUZ

Irónicamente, alguien con sentido del humor o quizás convencido de que así sería en el correr de los años, bautizó con el nombre de Nuevo París aquel paraje yermo y maloliente de las afueras. Piria, progresista hombre de negocios, mucho tenía que ver con las tierras de los alrededores, donde fomentaba nuevos barrios más allá del Miguelete, para que las familias pudientes escapadas de las epidemias de cólera (1868) y de fiebre amarilla(1872), establecieran sus residencias. ¿A qué si no el boulevard que se extiende desde Belvedere a Nuevo París (hoy José Llupes)?

La realidad, sin embargo, fue muy otra. Nuevo París no llegaría nunca al status del Prado Oriental. Las curtiembres, industria nacional en crecimiento, los mataderos cercanos, las fábricas que se establecían, no propiciaban los mejores aires. Tampoco los caminos irregulares y fangosos, la falta de saneamiento, los mosquitos onmnipresentes que completaban la realidad de un hábitat de pequeñas chacras y pobres ranchos de quinteros, peones y sufridas domésticas cargadas de hijos.

Al cumplirse un siglo del inicio de esta historia, nos disponemos a situarnos en el marco de ese espacio-tiempo, para registrar los mojones más señalados y el esforzado trabajo de quienes construyeron una importante comunidad cristiana con tesón, inteligencia e inquebrantable espíritu franciscano.

LAS MEMORIAS

Siguiendo el consejo del historiador Georges Duby, hemos elegido un documento bello, aún inédito, para iniciar esta historia. Creemos que es un rico filón. Señala la búsqueda de una utopía en la remota génesis de la historia que nos ocupa. El proyecto pionero de la fundación capuchina en Nuevo París, tiene espacios providenciales claramente inesperados. Uno de ellos puede resultarnos hasta exorbitante...pero no menos cierto

El P. Benito de Moano, pionero y fundador, 50 años después de los hechos que registramos, a ruego de los superiores redacta sus memorias. No hace literatura, por cierto. Son raccontos sencillos del abuelo a los nietos. Se trata de la historia americana que abre confidencialmente. Descubre el anhelo que bullía en su interior desde los primeros años de apostolado en la Liguria natal. Su escrito recuerda el sueño de los primeros franciscanos que vinieron a la América recién descubierta por Europa. El misionero soñaba también encontrar una tierra-sin-mal, donde no se ofendía el santo Nombre de Dios y de su Madre Santísima por la infame blasfemia. Pero vale más escucharlo de sus propios labios, como lo cuenta a sus 76 años.

(Los pasajes que transcribimos de las ?memorias?, son auténticos. Se han hecho sólo pequeñas correcciones de estilo. Los títulos son nuestros.)

UNA TIERRA SIN-BLASFEMIA

...En Italia he pasado seis años de sacerdocio, dos en Finalmarina, dos en Sestri Levante y dos en el Hospital de Pammatone como capellán. No aspiraba a otra cosa que ser destinado como misionero en alguna parte, con preferencia en Uruguay, donde en los últimos años habían venido mis mejores compañeros de estudio. Esa aspiración era alimentada por el vivo deseo de vivir lejos de los blasfemadores, pues en aquellos tiempos la blasfemia se había convertido (en Italia) en una epidemia, corrompiendo el corazón del malo y también de aquéllos que se estimaban por buenos. Me habían dicho que en América no existía la blasfemia más que en boca de los europeos y en éstos muy raramente, amoldándose a la costumbre del medio ambiente social.

Había hecho la petición al ministro provincial de ser agregado al grupo de compañeros que partían para el Uruguay, pero mi petición no fue atendida. Cuando tres años después me lo propusieron hallándome de familia en Pammatone, mi espíritu se regocijó al poder abandonar la patria por amor de Dios y consagrar mi vida al apostolado de Cristo en el Nuevo Mundo, donde no reinaba soberana la infame blasfemia.

Al llegar al Río de la Plata (1894) pude constatar de inmediato que el americano no blasfemaba, y el italiano y el español raras veces profanaban el santo Nombre de Dios. Se habían dado cuenta que el blasfemador era mal visto. Grande pues fue mi alegría al encontrarme en un ambiente no viciado. (Memorias manuscritas delP. Benito - Archivo Provincial OFMCap.- Montevideo).

ALGO DE RETROHISTORIA

Si bien el P. Benito de Moano constituye el eje de la fundación capuchina en Nuevo París, hay, sin embargo, una preparación lejana en el tiempo que se inicia a mediados de 1860, con el providencial arribo a Montevideo, del capellán militar del ejército brasilero en la guerra de la Triple Alianza. El capuchino Juan José de Montefiore inicia los trámites para establecer una residencia que, en pocos años, se convertirá en importante foco de actividad espiritual, con la erección del convento y templo de San Antonio de Padua, cerca del centro de la ciudad.

La presencia capuchina se vio reforzada con la llegada de nuevos religiosos: los PP. Rafael de Panni, proveniente del Brasil, Emilio de Strevi, Nicolás de Castiglione e Ildefonso de Scarpería, todos ellos de la Prefectura de Chile, bajo cuya jurisdicción estaba entonces la Misión de Montevideo. La sucesiva alineación de misioneros en esta primera etapa fundacional, se desarrolla en el período 1865-1891. En este último año adquiere definitivo estatuto jurídico con la anexión a la provincia capuchina de Génova y el envío, por parte de ésta de varios religiosos más.

El P. Antonio María de Montevideo (Barbieri, Arzobispo de Montevideo y primer Cardenal uruguayo), en su Historia de los Capuchinos Genoveses en el Río de la Plata, (Montevideo, 1932), menciona a los siguientes: PP. Angélico de Sestri, como superior, Clemente de Terzorio, Urbano de Voltri, Alipio de Alba, Feliciano de Borgo Fornari, Lucas de Beinette y los HH. Nazario de Nese y Celso de Serisole. A éstos le siguieron los PP. Damián de Finalborgo, Benito de Moano, Querubín de Ceriana y Celestino de San Columbano. Limitándonos a Nuevo París, aquí se encuentran algunos frailes de la primera hora, de quienes nos ocuparemos.

El importante movimiento misionero se lleva a cabo entre los años 1891-1896.

Los religiosos atendían una vasta zona de la capital, con especial dedicación a la numerosa colonia italiana. Su apostolado comprendía recorridas por la cercana campaña, atención a los enfermos, el confesionario, la predicación y el acercamiento a los más necesitados. Sea por la figura, el talante o el carisma - téngase en cuenta que ejercían un ministerio casi marginal-, los capuchinos pronto se hicieron populares, adentrándose en el corazón del pueblo.

El buen olor de Cristo y el deseo de imitarlos, llevó a que algunos jóvenes quisieran ingresar en la Orden Capuchina. Este albor vocacional tiene mucho que ver con la fundación de Nuevo París y el crecimiento de la Orden en el Río de la Plata.


FECHAS Y ACTAS FUNDACIONALES

19 de marzo 1896: Colocación de la piedra fundamental del convento y oratorio (seminario).

14 de agosto 1896: Inauguración de la primera capilla.

13 de setiembre 1896: Inauguración del convento y traslado del seminario seráfico de San Antonio a Nuevo París.

19 de marzo 1899: Piedra fundamental de la iglesia y colegio anexo.

28 de abril 1901: Bendición de la parte habilitada del templo en construcción.

28 de mayo de 1903: Bendición de la Iglesia. Fundación de la V.O.T.

10 de octubre de 1909: Bendición de la piedra fundamental del Centro Mons. Mariano Soler.

11 de diciembre de 1919 : Erección de la parroquia.

28 de enero de 1929: Erección del Noviciado.


DONDE ENSEÑABAN LAS PRIMERAS LETRAS

A la par de la construcción del templo y de la casa para los religiosos, los frailes emprendieron la edificación de un colegio. No veían dificultades, sino sólo metas que conquistar. En todo caso, los impedimentos de orden material acicateaban su tenacidad y hacían más inconmovible su fe.

Tenían presentes, sin duda, el eco de las palabras del presbítero Mariano Soler, futuro arzobispo de Montevideo, en ocasión del Congreso Católico Uruguayo celebrado en 1889. Sentenciaba Soler: Educar a un niño, equivale casi a civilizar un bárbaro.

Casualmente, la tajante afirmación clerical era la resonancia de la doctrina lanzada un cuarto de siglo antes, a través de los escritos de José Pedro Varela, laicista, librepensador y agnóstico. El inspirador de la escuela pública, gratuita y universal, por una parte, y el conspicuo miembro de la Iglesia uruguaya, opinaban en la misma forma. Era imprescindible rescatar al individuo de las tinieblas de la ignorancia, como paso previo para su valorización humana. El cómo era otra historia. Las mediaciones propuestas por uno y otro, marcará significativamente el desarrollo y vicisitudes de la enseñanza en el Uruguay.

Los misioneros capuchinos llegados a estas tierras, sin vocación para lo que era ajeno totalmente al carisma propio, consideraron de primordial importancia la creación de escuelas para niños, a tal punto que algunas fueron fundadas antes que se concluyeran los templos. En Montevideo, las escuelas de San Antonio y Nuevo París dan fe de esa temprana visión humanista.

El colegio San Francisco de Asís abría así sus puertas el 1° de febrero de 1897. Modesta, pero satisfactoriamente, su única aula albergó de entrada a más de 40 niños. Fue el primer colegio de la zona que, aunque próxima a la ciudad, carecía en absoluto de cualquier centro de educación formal.

Hacia fines de la década del ?40, con motivo de cumplirse los 50 años del colegio, tuvimos oportunidad de escuchar de varios protagonistas de las primeras generaciones escolares, el impacto que significó el humilde establecimiento, para la población de Nuevo París. Y el gesto enaltecedor de aquellos frailes que antes de concluir la iglesia habían puesto en marcha una escuela.

Uno de los oradores del acto atribuyó al P. Benito una expresión poco habitual en hacedores de templos:
Dios siempre tiene casa donde encontrarlo. Los niños no tienen casa donde conocer a Dios.

Parece un postulado anacrónico, casi como si estuviera esperando un futuro remoto más próximo a finales que al comienzo del siglo XX. Sin embargo, el dicho plasmó y se vio confirmado por la demanda de muchas familias para obtener un lugar en la escuela. Ello generó renovados impulsos para la construcción de otras aulas descartando, en cualquier caso, la restricción de nuevos ingresos.

LA PEDAGOGíA HEROICA

Al poco tiempo, el colegio había ganado merecido prestigio. El periódico no confesional, Artigas - Del Paso Molino y aledaños, en nota aparecida en ocasión de los veinticinco años de la parroquia de Nuevo París (1947), hace mención del aprecio ganado por el colegio en aquella primera época de su existencia, no sólo en el barrio de Nuevo París, sino también en el ámbito escolar del departamento de Montevideo. Había solicitudes de ingreso de lugares alejados como, por ejemplo, del Paso, de La Barra , del pueblo Santa Lucía, etc. Las memorias del P. Benito, hablan de 300 alumnos a 10 años de su habilitación. Una enormidad si se piensa que en la primera década del siglo, Nuevo París seguía siendo más campo que poblado.

Hubo varias reformas y ampliaciones en el transcurso del tiempo. En 1928 fue reconstruido y adaptado al número creciente de alumnos. La enseñanza curricular comprendía los seis años del programa oficial, notablemente ampliado en especial en los años superiores. En sexto año había preparación para el bachillerato, según lo prescripto en la reglamentación de Enseñanza Primaria.

En ese lapso, el colegio San Francisco de Asís, se constituyó en el punto de partida del apostolado parroquial.

En 1938 al cumplir el P. Benito sus bodas de oro como sacerdote, varias personalidades pusieron de relieve las obras que emprendiera. El entonces Arzobispo de Montevideo, Mons. Juan Francisco Aragone, testigo cualificado, escribe:

Le conocimos (al P. Benito) en 1898 cuando en sus afanes de apostolado y de extensión del Reino de Cristo, echaba los cimientos y levantaba los muros de los grandiosos edificios que habían de ser y siguen siendo, la iglesia de Nuevo París, el convento y colegio adyacentes, destinado aquél a morada de los sacerdotes de su ínclita orden y éste a centro de educación cristiana de la niñez y juventud.

Para aproximarnos al clima pedagógico-espiritual que se vivió por muchos años en el colegio, lo primero es, sin duda, dejar de lado actualidades y situarse en el lugar y tiempo en que se procesaban los planes educativos en el ámbito de la enseñanza privada gratuita.

Todo aquello tuvo algo de heroico, inimaginable hoy día.

Son representativas dos figuras que ocuparon varias décadas de lucha y realizaciones en el colegio de Nuevo París. El perfil de ambos -uno religioso y el otro laico- trascienden las vicisitudes del tiempo. De alguna manera, son ejemplares.

El P. Angélico de Montevideo y el Maestro José Romanello.

En vida de ambos, el P. Antonio María de Montevideo (Card. Barbieri), en su Historia de los Capuchinos....hace este resumen que abarca las tres primeras décadas del siglo:

El Colegio empezó a funcionar el 19 de marzo de 1899, con una asistencia de unos 100 niños. El 4 de setiembre de 1899 ingresó como enseñante el Sr. José Romanello, quien hasta la fecha en que escribimos estas líneas (1933) ha venido desarrollando en los niños, en cooperación con el P. Angélico de Montevideo, una acción admirable cuyos frutos de bien se están palpando en esas generaciones de ex-alumnos que aprendieron bajo el techo franciscano del Colegio de Nuevo París.

PARA ESO HE VIVIDO...

Durante más de 40 años consecutivos el P. Angélico estuvo consagrado a la educación y formación de los niños que pasaron por las aulas del Colegio.

Su contemporáneo y superior en la última etapa de su vida, el P. Nicolás de Cártari, esboza un perfil del docente, en términos muy sinceros y, si se quiere, hasta chirriante para la sensibilidad disciplinada de la moderna técnica pedagógica:

Asimismo el P. Nicolás hace la descripción del relacionamiento entre el director y el cuerpo docente, anotando lo que para entonces podía considerarse un equipo de trabajo armónico y disciplinado:

Corresponde dejar constancia de los términos con que el Arzobispo de Montevideo, Mons. Barbieri, de medidos elogios, manifestó su pésame de hermano a la Comunidad Capuchina:

Con la muerte del P. Angélico va desapareciendo esa generación de religiosos que ha impuesto un carácter especial a nuestra vida de capuchinos, y que ha concitado alrededor de nuestro Santo Hábito un sentimiento de veneración y respeto.

Religioso austero y observante sabía esconder bajo la corteza quizás áspera de su gesto, un corazón de niño y un alma buena, llena de nobles sentimientos y saturada de piedad y devoción. No se borrarán de mi espíritu los ejemplos cotidianos de humildad, trabajo y religiosidad que he recibido del P. Angélico; quien en la misión - quizás vulgar y oscura que le asignara la Santa Obediencia -, supo hacer grandes las cosas pequeñas, y motivo de virtud las habituales contingencias en el cumplimiento de su deber.

DON JOSé ROMANELLO, EL MAESTRO

Hablar del colegio San Francisco de Asís, con sus 100 heroicos años de existencia y no recordar morosamente a don José Romanello, el Maestro, es casi como escamotear cincuenta años de historia a la institución. Romanello es la otra gran figura de ese instituto de enseñanza.

Nacido en 1876, en Montevideo, fue alumno del colegio San Antonio de los Capuchinos de la calle Canelones. Tuvo como preceptor a don Tomás Parodi, un alma franciscana, muy próxima a los PP. Capuchinos .

Recibido de maestro, toma la iniciativa de abrir un colegio que funcionó por espacio de dos años. Sin tener en cuenta el aparente fracaso, se dirige a Buenos Aires donde inaugura el colegio Ntra. Señora de Luján. De regreso a Montevideo ingresa en la Orden Tercera y conoce al P. Benito quien descubre en el joven maestro, el valor intelectual y moral para llevar adelante la tarea de educador y conductor del recién fundado colegio. Corría el año 1899. En sus memorias, el P. Benito se felicita por el descubrimiento providencial y los fecundos frutos logrados con su concurso. Un discípulo de Romanello recuerda:

Bajo el título: Don José Romanello. Emotiva despedida le tributaron sus numerosos discípulos, el diario El Bien Público expresaba:

Falleció en nuestra capital a la edad de 79 años (a.1956), el querido maestro José Romanello, de vastísima actuación en el magisterio, que desempeñara con sentido de verdadera vocación y responsabilidad cristianas.
La noticia provocó mucha pena en el seno de sus numerosos ex-discípulos...

Seguidamente se transcribían algunos conceptos vertidos en el acto de sepelio por el profesor Carlos Savio, Sub-Inspector de Enseñanza primaria, ex-alumno de Romanello y activo presidente del Centro Soler en su época de oro:

Todos los que tuvimos la suerte de ser discípulos del señor Romanello, sabemos qué exquisita personalidad pedagógica era la suya. (...) ¡Cómo se esforzaba el querido maestro en interpretar el espíritu infantil, y consecuentemente, por tratar a los niños con el sagrado respeto que merecen esos seres que recién se asoman al panorama de la vida. Cómo se impuso la obligación de ser justo con ellos, convencido de que sus inteligencias desiguales, sus modalidades distintas y sus diferentes reacciones, constituían las características del maravilloso mundo de la infancia; y cómo supo usar la inmensa paciencia que aconseja el pedagogo cuando afirma que es tan insensato exigir del niño lo que aún -por naturaleza- no puede dar! ¡Qué recta justicia la suya!

Si hubo algunos preferidos fueron los que no habían recibido el precioso don de una clara inteligencia, o los que -procedentes de un medio socialmente pobre: - económico o moral- necesitaban una cantidad mayor de ternura o de atención.

Romanello vivía en el convento y su vida llevaba casi el mismo ritmo que la de los frailes. Los domingos y días festivos compartía el almuerzo con los religiosos. Era una oportunidad de conocer más íntimamente su humilde bonhomía, la bondad y alegría que emanaba de su persona. A este propósito, otro discípulo de la primera hora, memora:

Romanello, bajo la dirección del P. Benito, trabajó intensamente para prolongar la influencia espiritual del colegio en los jóvenes egresados, mediante la creación del Centro Mariano Soler. La resolución se tomó precisamente, a raíz de un homenaje que un grupo de ex-discípulos le ofrecían como prueba de gratitud.

Creímos de justicia bosquejar la trayectoria de alguien que perteneció a Nuevo París y su historia, desde el inicio casi hasta transcurridos más de cincuenta años de su arribo.

Su nombre integra la nomenclatura de las calles del barrio. La Junta Departamental de Montevideo, quiso así perpetuar la memoria del insigne maestro, como muestra de reconocimiento de la ciudad y del vecindario.

LA CRUZ Y EL LIBRO

El tema da para más, en pasado y en presente, porque la actividad docente y evangelizadora en Nuevo París, irradiaba en todos los sentidos. Antes y después. Aún cuando mucho haya cambiado, las coordenadas pedagógicas siguen apuntando al alma franciscana y al humanismo que de ella rezuma. El reconocimiento del valor del hombre como persona, es anterior a su enrolamiento como cristiano. De ahí parte un esfuerzo educador digno de estudio.

Cuando en 1947, los laicos de la parroquia promoverán la exhumación de los restos de los PP. Benito, Angélico y del Hno. Nazario para darles sepultura en el templo, estarán reconociendo una vez más, la siembra realizada por estos obreros del Evangelio. Al margen de que la iniciativa se frustró, quedan en pie los motivos que la alentaron.

En una sociedad laicizada, el colegio católico tenía poca prensa. El hecho mismo de estar anexados a los templos, los hacían más sospechosos de proselitismo.

Los frailes establecieron colegios en puntos distantes de sus conventos y, por tanto, más necesitados. Eran focos de formación civil y religiosa; lugares de culto y catequesis, reductos educativos para grandes y chicos, centros de promoción humana en barrios de la periferia parroquial.

Con muchos esfuerzo y distintas alternativas, varias escuelas tuvieron a su cargo los religiosos, además de la San Francisco de Asís. A ellas nos referiremos en su momento. Ahora nos interesa dar a conocer una carta del P. Benito, fechada en octubre de 1913, dirigida al Superior Delegado, en la que expresa:

La fiesta de San Francisco de Nuevo París ha sido, no como siempre, sino como nunca de linda, de grandiosa en todas sus partes...En el Paso de la Arena estoy haciendo construir un pozo manantial y ya nombré la Comisión Pro-Capilla y espero no tardaremos mucho en principiar la nueva construcción. En Rincón (del Cerro), se agrandó la capilla y ahora se están construyendo más habitaciones para abrir en un mes o dos un colegio y un pequeño taller. Para el domingo voy a estrenar el biógrafo a beneficio del mismo, con gran velada matinée. Le mando programa... Así de expeditivo: en un mes o dos se construyen habitaciones y asunto concluido: Colegio y Taller prontos, sin intermediarios. El detalle del biógrafo con matinée, en beneficio de la obra, es sencillamente inefable. Dicho y hecho en 1913 por un fraile austero, resulta no sólo supermoderno, sino también de una exquisita mundanidad que podía convivir con la más pía de las campañas.

Antes que nada, había que preparar al hombre del futuro.

Fragmentos del libro de José María Lodeiro

 
 
 
 

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